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La historia de la cáscara de la naranja arroja luz al respecto y ocupa un espacio que sin duda alguna podemos calificar de lugar donde se engendra. Si partimos del volumen del fruto (pero también habría que decir: a partir del simple acto de pelar una naranja, por ejemplo, durante esta pausa en el taller durante la cual nos olvidamos gustosísimos de mirar lo que se está haciendo) la superficie desgarrada de forma irregular aparece en tanto que objeto rico en promesas y se convierte, una vez colocada boca abajo, en un trazo a inscribir en el plano. Ese motivo y sus derivados, recurrentes en el trabajo de Arthur Munk, no son los únicos que resultan de semejante paso. Y al desplegarse de diferentes formas, aumentados o transformados en plantillas, generan un conjunto de líneas, de superficies, de redes que a su vez dan nacimiento a toda una familia de formas surgidas de ellos mismos. A partir de un simple modelo, se desprende una función y se aplica inmediatamente a un grupo de objetos plásticos que permiten su proliferación y presentan diferentes apariencias. El acontecimiento de partida habrá permitido engendrar los parámetros y las variables del trabajo que hay que desarrollar.
Además de los derivados de la esfera, abordados aquí dada la complejidad de su configuración y lo aleatorio de sus líneas, el trabajo del geómetro consiste en hurgar en los derivados del cubo. Claro está, ese cubo no se presenta nunca en su forma original, tampoco la esfera, puesto que el trabajo de Arthur Munk no se propone una reducción hacia lo más simple: más bien procede de modo inverso y crea diferentes manifestaciones surgidas del despliegue hacia la complejidad. Este cubo que podemos asociar con el espacio arquitectónico producirá pronto excrecencias esculturales que se burlarán de nosotros por su irregularidad o por lo especial de sus posiciones desde el punto de vista de lo que implican. Pero este cubo nos conduce igualmente al plano del cuadro y a sus límites materiales.
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